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A menudo, los creyentes manifiestan sentirse solos, o pasar momentos de angustia, prueba y dolor. Los cultos están repletos de oraciones en esa línea. Son discursos lastimeros en los que se expresa dependencia vital de Dios, confesión de nadería sin su mano protectora y una acción de gracias por su fidelidad. Suena muy espiritual, pero…
Vamos a ver: ¿Qué momentos son esos? ¿Tristeza porque la chica o el chico que te gusta no te hace caso? ¿Depresión porque no te ha ido bien un examen? ¿Congoja porque no te renuevan el contrato de trabajo? ¿Angustia por una operación de cadera?…
¿Con qué derecho podemos decir los cristianos que nuestras realidades son “así de terribles” en la sociedad que vivimos? ¿Cómo podemos confesar que nos sentimos solos o que el Señor es el único que no nos abandona y permanece fiel a nuestro lado? Muchos creyentes pertenecemos a familias cristianas, de segunda o tercera generación. Casi todos los jóvenes menores de 30 años viven aún en casa de sus padres -también cristianos- juntos a sus hermanos, que seguramente también lo son. Y si no compartimos vivienda, somos vecinos o vivimos a escasos kilómetros de ellos.
Aun cuando no es así, tenemos un aparatejo que usamos para jugar, divertirnos, enviar mensajitos divertidos y quedar con nuestra pandilla… Se llama teléfono móvil y permite conectar con alguien en segundos con sólo apretar una tecla. ¿No podemos usarlo para contactar con quien pueda “aliviar” o poner fin a nuestro sentimiento –pasajero y dúctil- de soledad?
Los creyentes formamos parte de comunidades donde hay personas que nos aman y que están ahí, puestos por el Señor, para hacernos sentir acompañados, partícipes de un mismo proyecto (el Reino de Dios ¡nada menos!), dependientes los unos de los otros. Además tenemos pastores, maestros, diáconos, responsables de áreas de ministerio, amigos, compañeros… ¿Cómo podemos tener la insolencia de manifestar que nos sentimos solos o que atravesamos momentos de angustia perteneciendo al Pueblo de Dios y viviendo en un país como España (según su presidente: la octava potencia mundial)? Y decirlo, no en un momento puntual o extraordinario de nuestra vida, sino habitualmente; como quien dice “vamos tirando” o “podría estar mejor” cuando le preguntan qué tal está… ¿De verdad tenemos esta percepción de la nueva vida en Cristo, esa por la que nuestro Señor pagó el precio más alto?
Miremos a Pablo, en la cárcel, apaleado, torturado, pendiente de ser ejecutado…. ¿Confesaba él sentirse solo o apesadumbrado? ¿Notaba a sus hermanos en la fe lejanos? ¿No era más bien al contrario? Miremos a Pedro y al resto de apóstoles. A nuestros hermanos perseguidos, ejecutados, torturados… por las Inquisiciones de la historia. Ellos no se lamentaban de su suerte, porque se sentían amados por Dios y por sus hermanos… ¿Cómo podemos comparar nuestra “depresión” o “soledad” en la sociedad de la opulencia, el bienestar y la Comunicación instantánea con aquellas sus situaciones de auténtico aislamiento, desamparo y muerte?
Deberíamos ser más sensatos y selectivos al utilizar según qué discursos. Para honrar a Dios no es necesario el victimismo; sobre todo si es falso, exagerado, impostado o litúrgico. La acción de gracias cabe por las bendiciones que recibimos de Él, no sólo por su acción consoladora. Hemos heredado, aprendido y mimetizado tópicos que no sólo no responden a la realidad, sino que son una ofensa al sacrificio de Jesús para darnos una vida abundante, solidaria y gozosa.
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