Hay creyentes que consumen Biblia pero no la estudian. Son como la gente que toma caldo sin haberlo cocinado. Lo compran hecho y ya está. Hoy es fácil. Hay bricks de sopa de verduras, de cocido, de pollo, de marisco… E incluso venden sobres que contienen todos los ingredientes liofilizados, a los que ni siquiera es necesario echarles la pasta.
Igualmente, existen estudios bíblicos en forma no de bricks pero sí de libros, que es posible adquirir en cualquier librería cristiana (real o virtual). Coges el ejemplar que te apetece lo desprecintas y te lo sirves a demanda. Te lo dan todo hecho: está el texto bíblico, los datos, el comentario y la oración sugerida. Se calienta en el microondas de nuestro devocional diario y a consumir lo que otros han preparado para ahorrarnos tiempo y esfuerzo. Igual que una sopa “Campbell”. En las estanterías se mezclan los cartones de “Aneto”, que valen más de tres euros el litro, con otros productos tipo “Sopinstant”, cuyo nombre no llama a engaño. Unos caldos precocinados son más gustosos y otros apenas colorean el agua para que parezca lo que no es: sopa. Como para que Mafalda no le coja manía…
Pero ambos extremos tienen la misma desventaja: para que el producto nos llegue en condiciones lo han sometido a un proceso químico, a base de conservantes, antioxidantes y similares “antes” que están manteniendo artificialmente el sabor y las propiedades originales del caldo; o al contrario: han servido para simular esas propiedades, para hacer ver que están cuando no están.
Los libros de estudio bíblico también corren ese riesgo pues contienen otro tipo de aditivos: llámense escuelas teológicas, tradición denominacional, línea editorial o reflexión personal. Por tal motivo hay que utilizarlos moderadamente. No es bueno para la salud –tampoco la espiritual- abusar de ellos, pues está demostrado que a la larga algunos pueden ser perjudiciales. Y ninguno se salva de algo inevitable: la fecha de caducidad. A partir de cierto momento (unos pronto, otros más tarde), el contenido no es fiable… lo cual, aplicado al lenguaje espiritual, tiene mucha relación con aquel Romanos 12:2 y su insistencia en la renovación de la mente. El problema añadido lo tienen quienes consumen estos productos sin preguntarse cómo están hechos o incluso creyendo que los cubitos que sólo sirven como complemento son auténticos caldos.
Pero el genuino potaje, la sopa rica de toda la vida, el consomé gustoso y reconfortante es el que alguien cercano nos ha preparado con amor: y, todavía más, el que preparamos nosotros mismos.
Estudiar la Palabra no es consumir los hallazgos de otros, sino elaborar nosotros mismos el cocido. Necesitamos reservar un tiempo para la preparación, seleccionar los mejores ingredientes –o los que podamos permitirnos-: versiones, comentarios, diccionarios, artículos relacionados, concordancias… Introducirlos en la cazuela de nuestro corazón renovado y dejar que el fuego el espíritu lleve todo aquello a ebullición. Sazonarlo después en su justa medida con oración y aportar nuestro toque personal: esas especias, ese ingrediente secreto que espesa el caldo o da más sabor, ese talento o sensibilidad personal con el que Dios nos ha obsequiado para ser de edificación a los demás.
No seamos vagos alimentándonos con sopas empaquetadas. Hagámonos nuestros calditos, aunque sea de vez en cuando. Disfrutaremos cocinado, preparando con nuestras manos todos los ingredientes, controlando el chup-chup, percibiendo en toda la casa el aroma de lo que se cuece en la cocina, a fuego lento, extrayendo el hervor la sustancia a todos los mejunjes y deleitándonos con un caldo casero, gustoso y auténtico, con el que disfrutemos y hagamos disfrutar a los que amamos y tenemos cerca… o a los que no tienen nada que llevarse a la boca.
MUY BUEN PORTAL ENHORA BUENA DIOS LOS BENDIGA